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Las vidas que vivimos (3)


Desde que desapareció Petra, la vida ya no ha vuelto a ser la misma. Sigue adelante, sí. Pero distinta. Hay como un agujero, un silencio, un aire que pasa y nos detiene a todos en medio de una conversación. Hay una ausencia presente. Quien tenga muertos queridos y cercanos sabrá a qué me refiero si digo que algunos muertos permanecen muy vivos por mucho tiempo… A veces, siempre. Que algunos muertos son eternos.

Las otras hablan entre sí de sus cosas. Yo las escucho en silencio mientras ordeno los libros en el pequeño mostrador que me he inventado con telas de colores. Mientras coloco bien delante un viejo ejemplar de Alice Munro muy subrayado, que encontré en castellano en uno de los mercadillos de Berlín, las oigo comentar cosas cotidianas, insignificantes. Y siento como el frío del recuerdo y la falta del otro se acopla primero en mis pensamientos y luego se cuela en mi cuerpo, en mis huesos, aunque sea aún verano. Siento la muerte cerca. Todos la sentimos, pero preferimos no verla. Es como una tristeza subterránea, un ahogo en un momento dado, entre palabra y palabra… Miras la escena, el paisaje, el jardín, a los tuyos y todo parece ser así para siempre…. pero tu sabes que es un espejismo. Lo sientes. Estás segura: está rondando. La muerte. Pero enseguida regresa lo cotidiano, los tenderos gritan o cantan sus reclamos.

Es día de mercado. Todos echamos de menos a Petra.

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Autoindignarse


CARTAS DE MARIE (15)

Querida Lola:

Cuando hoy salgas a la calle, piensa que estás pidiendo el cambio a otros… cuando éste debería empezar por ti. Piensa si quieres modificar tu modelo de vida, en verdad y hasta qué punto. Piensa que si tienes esta existencia, desarrollado y rica (a pesar de la crisis es rica: decir lo contrario es mentir) es porque a otros se les niega la posibilidad de crecer a apenas unos pocos kilómetros de aquí. Y cambiar eso con justicia implica renunciar a cosas que igual no has anotado en tu agenda, ni planeas anotar.

Ilustración de Bill Mayer, de http://www.billmayer.com

Piensa que está muy bien, al fin, reaccionar y echar la culpa a otros de lo mal que andan la política, la economía y tantas cosas, pero haz también autocrítica. Nada de esto habría pasado sin tu colaboración. Piensa en tus acciones u omisiones; en lo que significa cada uno de tus movimientos cotidianos. Nada es gratuito. Todo es global. Piensa que tienes tu casa o la de tus padres, tu coche, tu iPad, tu ropa, tus caprichos, usos y costumbres… mientras hay ciudadanos esclavizados para que tú disfrutes de productos baratos (mira lo que llevas encima y empieza a analizar). Piensa que te subes a tu coche molón y demandas y consumes un petróleo manchado con la penuria de otros en el Delta del Níger (un tanto por ciento de cada litro de allí procede); que bebes en una botella de plástico y dejarás basura a tus hijos durante mil años; que enchufas tu móvil y sus componentes se han robado de minas africanas y asiáticas con condiciones infrahumanas; que disfrutas comiéndote una hamburguesa o un atún, sembrado o pescado ilegalmente, que obligan al desplazamiento y la ruina a otros; que vistes ropa nada limpia; que la mayoría de multinacionales, creativas, tan modernas y apetecibles que te venden productos o tecnología novedosa, no cumplen la legislación de derechos humanos allí donde consiguen las materias primas; que aceptas condiciones laborales precarias y creas un precedente que afectará a tus contemporáneos; y que tú misma despreciabas hace nada, por desgreñados y pesados, a muchos de los que ahora van contigo a la calle y llevan años en esto de al indignación.

En fin… ¡tampoco se trata de amargarse por todo, me dirás, bastante tengo ya con lo mío mientras se acerca esa tercera revolución que está por llegar, según nos cuenta Jeremy Rifkin en su nuevo libro! Y sí, tienes razón. También hay que disfrutar la vida, relax, tranquilidad…

Pero hay dos varas de medir, te digo (te dije ya en otra carta). Y tú estás bien cómoda en la primera, aspirando a prosperar como el que más, o pidiendo para ti derechos, mientras los de otros, en realidad, te resbalan: los muertos de hambre, los explotados y esclavos, los niños, las mujeres desfavorecidas, los ancianos… Esos como lema molan, pero, ¡ay deben ir bien vestidos, ser guapos y cachas, estar a la última, no quejarse demasiado que la pobreza no tiene glamour! Y que no me toquen un euro de lo mío, que por muy progre que sea… una cosa es protestar y otra el bolsillo. Sólo tienes que poner la oreja para oírlo en boca de gente que te sorprendería, muy modernos y cool, te lo aseguro. El virus yo-yo, así lo llama una vecina, está muy extendido.

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Madrid es una letrina


CARTAS DE MARIE (14)

Querida Lola:

En Madrid, la capital de España, se caga y se mea por las calles llegada una cierta hora, que suele ser aquella en que el alcohol y las drogas han hecho bastante mella en el cuerpo como para convertir a hombres y mujeres en seres fuera de sí. Tal cual. Y no creas que es apocalíptico. No lo es. Madrid es una letrina. Está pasando. Lo vi ayer con mis propios ojos. Y no sólo yo, sino casualmente, también amigos llegados de fuera a disfrutar de la ciudad. Imagina la escena. Octubre 2011. Noche en La Latina, ese cruce del mundo que son las calles Cava Alta y Cava Baja, Plaza de la Cebada, Carrera de San Francisco y Don Pedro… Un vaivén, pura masa y puro estruendo; las terrazas repletas, ni rastro de la crisis ni de su parentela. Abundancia de conversaciones a gritos, comida y bebida sobre la mesa; el desparrame del botellón en las plazas, y la juerga sin fin, que está muy bien y no me molesta. Madrid es internacional, ya se sabe, un imán para el visitante que, irremediablemente, suelta: “Qué bien vivís aquí; qué bien sabéis vivir”…
Y el madrileño medio sonríe de gusto: “Sí, sí, como en ningún sitio; esto es la juerga, chaval…”. Expresiones castizas que tan bien suenan. Y cansan. Harta estoy de discutir contigo y con conocidos nuestros, lo sabes. Os enfadáis cuando cargo las tintas y os cito las desventajas de esta ciudad en comparación con otras: que muy bonito su centro sí, pero está echada a perder, no tiene calidad de vida, todo es caro y es malo; está sucia, es ruidosa, polvorienta y destartalada, mal terminadas las calles y las aceras y, con algunas excepciones, los restaurantes y tiendas; la atención al cliente es pésima, el coche es rey y los transportes dan pena… Y vosotros, que no, que es pura maravilla… Me vas a perdonar. Cada uno tiene su escala, su nivel de comparación. Quien es de otro lado, viene o ha vivido fuera, mira y lo ve distinto; no se puede remediar. Ideal para estancias cortas, para mí, que llevo un rato largo (y dejando fuera a los amigos), a Madrid sólo lo salva el Retiro y El Prado y tres lugares más. Y sólo soy capaz de quererla en domingo, cuando el coche anda retozando en casa.

Y mira por donde, que ahora puedo añadir a mi lista, y restregarte (con perdón), que Madrid es una pura mierda. Tal cual. Que las hay por las aceras. Y no de vaca, caballo o perro, no. Cualquier animal se taparía los ojos para no ver la escena. Íbamos andando mis invitados y yo pegados al Teatro La Latina y allí estaba ¡caca humana! Inmensa, olorosa y bien fresca. La gente deambulando sin más y ampliando la zancada para sortear el truño como algo natural. Se lo dije a un barrendero que se afanaba cerca… y él, cepillo en mano: “Ah, si usted supiera lo que podemos llegar a encontrar…”.  Ni se alteró.

Poco antes, entre los andamios de la calle Don Pedro, una chica bien mona, semicubierta por un contenedor de obras, se había puesto a mear ante mí y mis amigos. Cuando terminó, se estiró entera, culo en pompa, moviéndolo adelante y atrás para hacer caer la última gota, imagino, o quizá para mostrar que su trasero estaba en forma. Y lo estaba. Tanto duró el desnudo y tan hipnotizada estaba yo que lo puedo confirmar. Su chico, o quien fuera, la miraba también embobado, mientras le sostenía un gran vaso de cerveza… Y al terminar ella de orinar los restos, de ajustarse el tanga, él procedió a sacarse la verga y repetir el ritual. Bendita igualdad. Luego nos saludaron, cómplices, con la sonrisa eterna. Unos 20 años, calculo, tendrían. Miré alrededor: charcos por las aceras, indiferencia, aquello era/es algo normal.

Esa visión y la de la cagada luego. Una escena era bastante, pero dos…. fue demasiado. Nos retiramos. Tras un rato, mi amigo quiso romper el silencio diciendo: “¡Al menos podré contar que en las calles de Madrid los servicios son públicos!”. Todos rieron. Yo no. Nunca salgo de mi asombro en este tu país, te juro. La vulgaridad y la mala educación se ha hecho norma y es cool para una generación entera. Y yo no acabo de entender como al cagón (o cagona) de La Latina y a esos que se mean por las esquinas no les ponen a limpiar sus excrementos al instante. Y con la misma lengua. Aquí y así te lo digo. Perdóname. Sentí tanta vergüenza…

Tuya siempre, Marie.

Fotografía: ‘Sombra’, Jose Antonio López, de MarcaHazme.

Medianeras


Agosto está siendo gentil con los urbanitas. No hace demasiado calor. El sol aprieta pero no quema. Se puede andar por las calles algunos días, a cualquier hora incluso. Como hoy (por ayer). Salí a comprobarlo en plena canícula: tres de la tarde, calzada con un sombrero de paja y gafas oscuras. De incógnito. Por los fans, of course. Y resultó agradable. No he muerto abrasada. El viento daba soplos de gusto, así que me lancé en su brazos y salí a patear las calles por si hubiera algún rincón o curiosidad aún por descubrir… Revisión y puesta al día circular del estado de los alrededores, ese era el plan. Pero, este mapa es bien escueto: empieza y termina en sí mismo, ay.

La zona de Madrid donde está situado el periódico El País (y otros) es una de las más amorfas de la capital. Por no decir fea. Y rara. Y surrealista. Aquí prima el coctail de épocas; conviven en cadena de sandwiches edificios de todo periodo especulativo español que se precie, y de toda condición: mal rematados, medianamente rematados, resultones y muy aparentes. Sin armonía. De los años cincuenta o sesenta queda alguna fábrica desconchada, aunque se han esfumado muchas (como la de armas de Santa Bárbara, por ejemplo) de un día para otro. Había antaño oficinas mencionables, de fachada con ladrillo y cristal cuarteado en las ventanas, digna alguna de aparecer en el Docomomo Ibérico (esa labor impresionante que realiza la fundación homónima desde hace años para intentar catalogar la arquitectura del movimiento moderno en toda la península: empezó con industria, siguió con viviendas y ya va por el reciente segundo volumen sobre equipamientos), pero la mayoría las han derribado para hacer lofts. Tal cual, lo digo yo. Y lo anuncia aún la publicidad en una valla desvencijada. Y he ahí otro abuso vergonzoso del significado de las palabras. Los lofts son/surgen en edificios fabriles, en naves industriales, talleres, viejas oficinas de las afueras de una ciudad, que al crecer ésta, se rehabilitan y convierten en viviendas; no se construyen o levantan de nuevas imitando lo viejo, como aquí se pretende (y se hace). Otra taza descafeinada más de nuestra versión de la cultura contemporánea; el triunfo de la simulación. Que hartazgo.

Así, lo más llamativo de “nuestro paisaje” urbano es eso que los fotógrafos Stefan Becker y Christine Steiner definen con el concepto alemán Dazwischen (algo así como “entre medias”), medianerías, lindes, intersticios, esas estructuras, saltos, golpes de vista o espanto que se crean entre edificios, pared contra pared, puerta con puerta, antiguo con moderno, ladrillo con piedra, hierbajos con alambradas, mesones de toda la vida junto a cafeterías con aspiraciones… Un ahogo. Alguna línea hay que casa, combina, resulta y…. la vista fluye cual río semiseco. Pero hay otros, los más, que son espacios estrangulados sin rematar, que dan la impresión de tránsito a trompicones y obra eterna, de pieza mal hecha y descuidada, viejuna antes de nacer siquiera; elementos ignorantes del detalle, la calidad y el primor en su factura; composiciones que conviven en imposible convivencia al grito de “Yo construyo mi casa como me sale de los… ¿Y tú qué tienes que decir, eh?”. Veo mucho de eso por aquí.

El feismo. ¿No es metáfora de España misma o es el sol que me ciega? El escritor Manuel Rivas llamó una vez a este fenómeno urbanístico (o fachadístico) “Violencia catastral”. Así lo contaba Jose Manuel Atencia en un artículo sobre el primer congreso sobre el tema que se organizó un día en Galicia. Existe tal efecto superlativo en todo el mundo. Y la precariedad y la pobreza tendrían mucho que añadir a este mi paseo. Pero, no nos engañemos, reflexionaba yo, ya muy tocada por el efecto invernadero, también está la cuestión del gusto. El bueno. Me cruzo con un señor que construye ahí su garaje ahora mismo con sus propias manos y me observa raro. Él dirá, claro, que sobre gustos, no hay nada escrito y que él se decora la choza como le sale del… Ay, no, yo, con esa mirada y en este tostadero, no. No pienso discutir (porque debatir aquí nadie debate) al estilo español del yoyoyo. Otra vez no. Prefiero correr, y corro, a refugiarme en los brazos del aire acondicionado. Que ahí sí que no hay color. Ni calor.