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Banksy olímpico


Deportistas que en vez de jabalinas lanzan misiles y que usan la pértiga para saltar la valla, pongamos, de Melilla, en busca de un mundo mejor. A pocos días de las Olimpiadas aparecieron dos nuevas piezas de Banksy en la ciudad de Londres que le dan otro tono a los Juegos. Protesta social. Y artística. He encontrado la noticia en Nice Fucking Graphics, página mexicocatalana de diseño de la que soy fan, por lo mucho y bien que se lo trabajan. Pero el artista mundial las tiene también colgadas en su web. Algunos medios se hicieron eco poniéndole título a las piezas. Y en Twitter ha corrido a gusto (gracias @mdmgamero y @designontherock). Banksy critica así la amenaza por parte de la policía londinense de eliminar todos los graffitis en esos barrios considerados sucios, como el East London. Una iniciativa que es otro ejemplo de superación en una disciplina que no es olímpica, pero debería: la estupidez (a elegir modalidad: deseos de control, falta de sensibilidad artística y pura censura).

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Refugiados sin refugio


Nadie piensa en ellos, pero hay otros que siempre, siempre están peor. Refugiados refugiados en un lugar que ya no es refugio… Romina Peñate (@nelipsis en Twitter) me ha pedido echarle un ojo a esto. Se lo he echado. Y lo comparto.

Hellas Hell es el relato de la situación de desamparo que viven miles de solicitantes de asilo y refugiados en Grecia. La presión de fronteras ha trasladado gran parte del flujo migratorio hacia la frontera greco-turca. Los migrantes que logran entrar en el país heleno se encuentran desatendidos y sin herramientas con las que sobrevivir. Para escapar de Grecia se dirigen a las ciudades portuarias de Patras e Igoumenitsa donde cada día se juegan la vida intentando esconderse en un camión rumbo a Italia. Hellas Hell es un proyecto periodístico multimedia independiente y de licencia libre. Ha sido realizado por la periodista y editora multimedia Romina Peñate, el desarrollador web y editor Antonio Rull y el fotoperiodista Gabriel Pecot; partiendo de la premisa que es posible e indispensable producir periodismo de calidad.

Más información aquí en página. Es un proyecto que se ofrece libre y se subvenciona con lo que cada uno pueda aportar para hacerlo posible.

La isla de los esclavos


El cantante senegalés Youssou N’Dour explora el legado musical africano, las raíces de la esclavitud en Return to Goree, película de Pierre Yves Borgeaud, rodada en 2007. En ella, entre otros muchos, aparece Joseph Ndiaye, el guía de la casa de los esclavos en la isla, una referencia permanente en el lugar, que murió poco después.

¿Qué simboliza Gorée en África? Aquí lo contamos. 

Los gritos de la isla de Gorée

Gorée se encuentra frente a Dakar, capital de Senegal. Los europeos la disputaron como enclave militar y puerto comercial de seres humanos con destino a sus colonias americanas. Durante cuatro siglos, millones de cautivos cruzaron el Atlántico desde estas costas de África occidental hasta que en 1807 los británicos prohibieron su transporte. Patrimonio de la humanidad desde 1978, Gorée es hoy lugar turístico. Un transbordador va y viene hasta allí sin descanso, esa cadencia con que antaño llegaban los barcos negreros.

El único ruido mecánico al llegar a Gorée es el del motor del ferry. No hay coches en la isla, sólo el golpear rítmico de las olas; muchos gritos, risas y palabras en francés y en wolof circulando por el aire; los reclamos cantarines de las vendedoras; las notas del chapoteo continuo de unos y el chapuzón repentino de otros bañistas; los pasos apresurados sobre el espigón de aquellos que buscan alcanzar el transbordador de vuelta a Dakar, este barco que es como la plaza pública: allí donde todo confluye, donde el millar de isleños se busca y siempre se encuentra.

Hace un instante, en cubierta, el sonido lo ha puesto la voz de Anta Guèye, de 11 años, que luce el mismo apellido que un personaje célebre del país, Laminé Guèye, uno de los primeros alcaldes y abogados negros africanos allá por los inicios del siglo XX, cuando Senegal era francés y empezaba a pelear por algo de espacio e independencia. Anta lo sabe; lo estudió en historia. Sabe también lo que simboliza Gorée. Y lo que ella quiere ser el día de mañana. Lo dice bien alto: “Presidenta de la República”.

Le sigue un coro de carcajadas; borbotones de dicha que brotan de las bocas y los grandes ojos de sus compañeros. A la clase de quinto le toca hoy la tradicional excursión de fin de curso: de Dakar a Gorée. De la caótica y joven capital de Senegal (fundada en 1857) al apacible rincón turístico, con siglos de historia, famoso por haber sido, desde que pusieron el pie aquí los portugueses en 1444, puesto militar y rico almacén de esclavos. Ese “lugar sin retorno” donde, cuentan, los cautivos veían por última vez la línea de su tierra natal.

Era Gorée uno de los puertos de carga en la costa del África occidental -otros muy activos fueron Saint Louis, en la desembocadura del río Senegal, y James Fort, en la del Gambia-, de la que, se calcula, salieron presas millones de personas en barcos gobernados por los John Hawkins, Francis Drake o John Newton de la época, convertidos luego en leyenda por el cine marinero y pirata. Todos, personajes de historia suculenta. Newton, por ejemplo, hizo fortuna en el golfo de Guinea y transmutó luego en abolicionista entregado: pidió incluso perdón en un libro por los actos cometidos en su etapa de mercader sin escrúpulos.

Un negocio europeo lucrativo el de negrero. No sólo para los navegantes. Lo ejercieron muchos, de muchas nacionalidades y empleos, durante cuatro siglos: reyes, políticos y misioneros; particulares y compañías; gente de éxito y buena reputación que se enriqueció con la trata. Una práctica a la que se entregaban ya los propios africanos desde hacía siglos y que los europeos convirtieron en empresa saneada y rentable, una de las actividades económicas más organizadas y sistematizadas de la época preindustrial, según dice el historiador Herbert Klein en su libro The atlantic trade slave: requería licencias, registros, preparación y avituallamiento de barcos, implicación de tripulaciones y agentes en tierra para la captura y la venta, y hasta de médicos para inspeccionar la salud de la mercancía… Hubo papas, como Nicolás V, que dieron el visto bueno y Estados que supervisaban el negocio. En España fue monopolio: la Corona cobraba el llamado derecho de asiento por la introducción del producto en sus colonias. El de esclavos lo abonaron genoveses, portugueses, holandeses, franceses, británicos… La South Sea Company, por ejemplo, en el siglo XVIII, se comprometía a enviar a América 144.000 negros en 30 años, a razón de 4.800 por año. Así está documentado. Seguir leyendo La isla de los esclavos

Tantas mujeres invisibles


Awa, Ekra, Rachel, Jackie, Catherine… son mujeres, inmigrantes y negras. Triple discriminación. Miles de subsaharianas recorren durante años el camino hacia Europa, huyendo de la pobreza o la guerra. ¿Cómo se ganan la vida y se defienden? ¿Quiénes son los traficantes con los que se endeudan? ¿Y por qué muchas, aun siendo refugiadas de la ONU, acaban atrapadas en los suburbios de Marruecos o en el sur de España, solas y prostituidas? Un informe de una organización de mujeres juristas denunciaba sus tragedias, como siempre, sin mucho eco. En El País Semanal decidimos seguir algunas de sus historias en 2009 yendo al lugar donde estaban retenidas sin poder avanzar ni hacia el Norte ni hacia el Sur. En varias ciudades de Marruecos y luego en Almería (España) fuimos testigos del horror y la injusticia en que viven. Y ahí siguen.

Las fotografías (por orden, de Famous, Awa con sus hijos, y exterior de Rabat) son de Alfredo Cáliz.

 

Marruecos, 2009.
Hay personas sabias que en pocas palabras son capaces de definir el mundo. Una de ellas es Ekra A. K., de 30 años, de Costa de Marfil. “¿Qué haces para poder vivir?”, le preguntamos en los seis metros cuadrados en los que habita en Rabat (Marruecos). Ella mira un segundo alrededor: a las paredes, donde cuelgan pósteres de sus ídolos, las hiperblancas Shakira y Avril Lavigne; a la bombilla lánguida y el ventanuco atrancado en lo alto; al colchón oculto con telas y los vestidos que penden del techo; a la tele y las cazuelas con verdura cocinada sobre la alfombra… Es todo. No cabe más en este espacio por el que paga 70 euros al mes. Ni una gota de aire. “Prostituirme”, afirma.

“Dos euros por hombre una vez; 20, la noche”, dice esta mujer redondita y agridulce cuyo camino (tal como ellos llaman al viaje) hacia Europa se inició el día en que toda su familia fue asesinada en una emboscada. “Aquí viven otros tres africanos, refugiados de Congo”, indica Ekra, que no tiene papeles, ni asistencia, ni posibilidad de movimiento. Aquí es un pasillo y dos cuchitriles más, donde un hombretón te agarra del brazo en cuanto apareces. “Ven, ven que te voy a enseñar”, le dice a la periodista arrastrándola al interior. Toda mujer sirve en este contexto sólo para una cosa. Pero la visitante es morena, y sin embargo, blanca. La cosa cambia. Y el hombre desiste. Volvemos con Ekra. ¿Se dedican muchas conocidas a lo mismo que tú? “No sé la vida de otras. Cada una hace lo que puede para sobrevivir, para avanzar y llegar a su destino”.

En ese destino (España) con el que sueña Ekra hay personas de naturaleza prodigiosa. Una de ellas es Happiness, veinteañera larga, nigeriana enérgica y dura, ágil de verbo, bromista, que ha dejado atrás familia e hijo, un país complicado y denso, y ha conseguido atravesar el Estrecho para llegar hasta Roquetas de Mar (Almería), allí donde el mar es anécdota, y el invernadero, rey. Trabaja y habita Happiness en uno de esos cortijos, antaño de labranza y retiro y hoy abandonados en los descampados o encajados entre los plásticos o los bloques de pisos del boom inmobiliario último ya desinflado. Edificaciones en ruinas, ocupadas por inmigrantes sin techo y ya casi siervos gracias a la crisis económica (lo indica la asociación hispanoafricana Acciones Comunitarias Almerienses, ACA); casas de una planta, con patio interior y cuartos varios con múltiples camas para poder simultanear el trabajo sexual. Allí conviven las chicas a las órdenes de la madame,a la que suelen pagar semanalmente 50 euros. Lo cuenta luego Evelyn A., de Nigeria, que lo sabe bien porque estuvo en ello y ahora, ya fuera y regularizada, afirma: “Nunca más podría, la sensación de suciedad de ti misma es tremenda”.

En el salón hay siempre una tele encendida y sillas en círculo para los que allí se reúnen, subsaharianos -se estiman 25.000 en el gueto de los sin papeles en la zona- sin otras relaciones sociales posibles, que van a ver la telenovela nigeriana vía parabólica, a beber barato, a bailar su música y a por sexo: 10 euros el polvo, 40 la noche entera. Ahora mismo varias mujeres permanecen sentadas a la espera, balanceándose embobadas ante la pantalla y apretando contra sus cuerpos envases de plástico de esos en que se comercializa lavavajillas. ¿Por qué os colocáis las botellas sobre la barriga? He ahí pregunta sin intención. “Tienen agua caliente. Para el frío. ¿Quieres?”, nos ofrecen una. La respuesta de Happiness es otra: “Para relajarte los espasmos después de mucho follar, ¿comprendes?”.

Dice un miembro de una ONG de la localidad de El Ejido, aquí pegado, que hay días con colas de clientes en las puertas de los cortijos, y que no, que no son sólo africanos, que hay mucho español (y sí, los veremos llegar luego en sus coches), mayor y no tanto. Y salvo alguna formación y asistencia médica garantizada (de lo que se ocupan, entre otros, Médicos del Mundo en la zona, con programas para personas en situación de prostitución; sólo eso sería ya un sueño para Ekra), no hay fórmula mágica efectiva “para sacarlas de ahí”, dicen en ACA. “Tienen presiones, deben mandar dinero a sus familias o pagar las deudas inmensas que han contraído en el camino”. La religiosas Oblatas de Almería, con cuatro siglos de experiencia en la materia (ellas, como las Adoratrices, saben de qué hablan), ofrecen pisos de acogida a algunas y les ayudan a romper el círculo.

Ekra y Happiness son dos ejemplos de una situación común poco conocida. A saber, violación sistemática de derechos humanos sólo por ser mujer. A uno y otro lado de la frontera. Explotación, trata, prostitución. En todo el camino. De ello habla un informe que se presentará en Madrid estos días, realizado entre 2005 y 2007, por un grupo de juristas, la organización Women’s Link Worldwide, formada por mujeres empeñadas en la lucha contra la discriminación por cuestión de género y en su defensa. “Tenemos información frecuente de las llegadas de subsaharianos en pateras a las costas españolas, de la forma en que saltan la valla de Ceuta y Melilla o de la respuesta de las autoridades y la población civil… Pero existe un gran vacío en las implicaciones que supone para una persona iniciar el proceso migratorio, especialmente para una mujer”, cuenta Viviana Waisman, la directora.

La idea nació cuando documentaban en 2005 en la frontera de Ceuta situaciones de violencia: “Nos llamó la atención que se hablara siempre de hombres. ¿Y dónde están ellas?, nos preguntamos. Y ellas estaban ahí mismo, en los bosques, ocultas. Incluso para hablarles había que pedirles la palabra a ellos. Al final pudimos acercarnos, comunicarnos; más con las francófonas que con las anglófonas; las nigerianas son complicadas, muy vulnerables…”. Visibilizar lo invisible fue el objetivo. Allí había embarazadas, heridas, explotadas, devastadas (ver www.womenslinkworldwide.org). Mucho que contar. Muchas historias. Todas grandes.

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